Por Jessica Rodríguez A.
Redactora de EL INFORMADOR
Cuando para muchas personas el día inicia con una taza de café, una vista al mar y la preocupación de ir a lavar su carro; para Yennis Fernández Martínez comienza con el desvelo de sacar el agua que el invierno dejó en su casa, pues son dos nietas pequeñas las que viven
consigo, y aunque ha pasado un año desde la ola invernal, el fango aún les llega hasta las rodillas, provocándole diferentes quebrantos de salud que la hacen permanecer en casa por largos días.
Apenas son las nueve de la mañana y para Yennis, es la hora de salir a lavar y planchar la ropa de cualquier familia "acomodada" de El Banco, Magdalena, pues son siete mil pesos los que gana diario y sólo le alcanzan para "sobrevivir" en medio del agua.
"Soy una damnificada más de la época invernal, a veces pienso en qué vendrá más adelante y no sé que será peor, si vivir así o a merced del viento" comentó Yennis en medio de lágrimas.
Pasar entre tablas de la sala a la cocina, de la cocina al baño y del baño a los cuartos, ya es normal en la familia Fernández Martínez, pues el agua tiene inundados los cuartos y sólo las "patas" de la cama, logran sostener a más de cuatro personas, en la que duerme toda la familia, porque es la única opción que les queda.
Emigrantes de su mismo pueblo
Una noche como cualquiera, cuando apenas eran las 10 pm e iniciaba el noticiero de un canal nacional y se avecinaba un fuerte aguacero, las familias del barrio La Playa, de El Banco, a orillas del río Magdalena, nunca pensaron que en pocas horas comenzaría una de las peores tragedias de sus vidas.
"Yo estaba acostado viendo televisión, de repente empezó a llover muy fuerte, pero nunca pensé que el río llegaría a mi casa" comentó un habitante de El Banco, Magdalena.
El río, que cuando se crece no respeta edad, condición y súplica, llegó sin que nadie lo esperara, dando sólo lugar a las madres para que recogieran a sus hijos y salir corriendo para salvar sus vidas.
Centenares de casas inundadas, decenas de niños enfermos y miles de padres que hoy piden un auxilio ante las autoridades competentes, dejó un fenómeno que nadie se imaginaba, sin embargo, ya ha pasado un año desde esa tragedia que solidarizó a todo el territorio colombiano y aún, siguen familias sin casas, sin nada que comer y lo peor, sin esperanzas de tener una mejor condición.
Cuando el agua todavía llega hasta el techo y las ilusiones de vivir son muchas, miles de familias decidieron no vivir de recuerdos, sino enfrentar una realidad que cada mañana toca sus puertas, recordándoles que están bajo un techo de cartón, de latas y en el peor de los casos en unos cambuches de plásticos, que apenas alcanzan a tapar sus cuerpos bajo el sol, porque cada aguacero que cae sobre el pueblo derrumba sus improvisadas viviendas, pero esta es la única alternativa de las familias, que hoy día, habitan bajo el puente del río César.
Un gran laberinto sin salida
"Cuando despierto cada mañana me veo en un gran laberinto, del que no puedo salir, donde no hay nadie que me pueda ayudar y un gran camino que parece no llegar a su final" fueron las palabras con las que Luis Roberto Ramírez describió su estadía obligatoria desde hace más de un año, bajo el puente del río Cesar.
Parece que familias como la de Ramírez, se quedaron olvidadas en el tiempo, donde la Administración dio una mirada desde lejos, pero nunca más se acordó de ellas.
Esta es una realidad que se vive en muchos municipios, pero a diferencia de otros, los magdalenenses han demostrado sus fortalezas, sus fuerzas y su ánimo de salir adelante, sin importar que viven debajo de un árbol, de un cambuche o de un puente, donde sobreviven a merced del céfiro y quizás de río, que en cualquier momento, puede no sólo arrebatar sus enseres, sino hasta sus propias vidas.
